Lo que hay detrás de un refresco: Agua, comunidades y decisiones cotidianas
Si algo me ha quedado muy claro en estos años de transición ecológica y de mantener el radar prendido en torno a mi salud es que ambos aspectos están profundamente ligados.
Si queremos dejar de contaminar el planeta con botellas de plástico, tenemos que renunciar a las bebidas industriales.
Como te conté en mi post de limonada de jengibre, decir no a las bebidas industriales no ha sido una batalla para mí. Crecí en un contexto favorecedor, no me acostumbré a comer con demasiada azúcar y por suerte, si puedo decirlo así, no soy muy dulcera ni de comer postres. Y, muy importante, tengo acceso a agua potable.
Sin embargo, conozco bien el caso de mi propio país y cómo la salud pública se ha deteriorado por el consumo de bebidas industriales. Tenemos cifras altísimas de obesidad infantil. El sobrepeso y las enfermedades relacionadas con él así como las caries son problemas graves.
Por si esto fuera poco, el impacto negativo de las bebidas industriales no se detiene en el deterioro de nuestra salud y la contaminación con las millones de botellas de plástico que se tiran cada hora en el mundo.
Otro problema gravísimo es que las plantas embotelladoras necesitan cantidades enormes de agua para su producción.
En Chiapas, México hay una planta embotelladora que consume más de un millón de litros de agua al día mientras que las comunidades indígenas que la rodean no tienen garantizado el acceso a agua potable.
El consumo de refrescos en la zona es altísimo: No por gusto sino porque es más fácil conseguir que agua potable.
¿No es indignante?
En otros países como Colombia existen comunidades sufriendo penuria de agua mientras las plantas embotelladoras extraen millones de litros en sus regiones.
Hay miles de concesiones de agua otorgadas a la industria de refrescos y ultraprocesados en México, Colombia, Brasil y Argentina.
Conociendo esta información y considerando que no necesitamos consumir bebidas industriales, si podemos elegir no tomarlas, hagámoslo.
Evitemos juzgar a quienes lo hacen, cada contexto es distinto y de nuevo, insistiré siempre, no todas las personas tienen el privilegio de poder elegir.
De esto precisamente se trata
la eco-responsabilidad:
Ya conozco el impacto,
si puedo, me hago cargo dejando de consumir productos nocivos para nuestra salud y la del planeta.
¿Tienes un restaurante y quieres reducir el impacto de tu propuesta culinaria?
Las bebidas de tu menú importan. Marca una diferencia y migra a bebidas preparadas. Ponle onda para informar y explicar a los comensales el porqué de tu propuesta.
Cuando tenía mi restaurante eco-responsable, tuvimos que explicar miles de veces porqué no vendíamos bebidas industriales. Elegimos un proveedor local de jugos de fruta y verdura, recuperaba productos en buen estado que se iban a tirar y los transformaba en bebidas. Sus bebidas estaban envasadas en botellas reutilizables de vidrio. Por supuesto que había gente a quien no le gustaba la idea de no ver las bebidas populares en el menú. Sin enojarnos, explicábamos nuestra filosofía y teníamos distintas opciones de bebidas preparadas.
¿Vamos a ondear la bandera de la ecología? El discurso no puede ser de dientes para afuera, tiene que venir acompañado de acciones, de información, de coherencia y a veces, con respeto y empatía, de ayuda al consumidor para que tome mejores decisiones.
¿Tienes antojito de una bebida especial?
Prepárala tú mismo haciendo infusiones, aguas frescas con frutas. Hay muchísimas recetas disponibles, espero que las que yo vaya compartiéndote te gusten.
Cada botella que no compramos es una pequeña acción
con un gran significado.

